Autor
de "Las Genealogias del Nuevo Reino de Granada"
Introducción
La Real Academia Española define la onomástica, en una
primera acepción, como perteneciente o relativo a los
nombres y especialmente a los propios. En una segunda
acepción como ciencia que trata de la catalogación y estudio
de los nombres propios. En una tercera acepción como día
en que una persona celebra su santo.
La Real
Academia Española define apellido en una primera acepción,
como nombre de familia con que se distinguen las personas;
como Córdoba, Fernández, Guzmán. En una segunda acepción
como sobrenombre, o mote.
La función del apellido no es sino la de servir de complemento
al nombre de pila para evitar confusiones. En origen,
los apodos u otro tipo de denominaciones hacían el papel
de apellido, con distintivos tales como "Pedro el hijo
de Antonio", "Juan el del Puente", "Luis el Zapatero",
etc. Es evidente que la repetición de los nombres de pila
hizo necesario el uso de un segundo nombre para distinguir
a individuos con el mismo nombre de bautismo.
Probablemente,
uno de los recursos más antiguos haya sido el uso de algún
apodo o mote además del nombre de nacimiento. Es interesante
observar cómo, sobre todo en las zonas rurales, todavía
está muy arraigada la costumbre de llamar a una persona
mediante un apodo, y es significativo comprobar cómo éstos
se heredan. Esta costumbre nos ayuda a entender mejor
cómo se hicieron hereditarios los segundos nombres o apellidos.
La fijación de los apellidos
empieza con la difusión del uso de documentación legal
y notarial a partir de la Edad Media. Los notarios y escribanos
medievales empezaron a tomar la costumbre de hacer constar,
junto al nombre de pila de los interesados, el nombre
de su padre, su apodo o sobrenombre, profesión, título
o procedencia. En un principio sólo hallamos documentados
los casos de cargos eclesiásticos o de personajes de la
alta sociedad; posteriormente, el uso de documentos notariales
o parroquiales se extiende al resto de la población, lo
que terminará reforzando el uso de un distintivo que,
añadido al nombre de pila, acabará por convertirse en
lo que hoy es el apellido hereditario.
Es probable que el uso del apellido empezara a extenderse
a partir de los siglos XI o XII, cuando el constante empobrecimiento
de la onomástica hizo preciso el uso de un segundo nombre.
En la Edad Media, al igual que ocurre todavía hoy en día,
los nombres de pila o de bautismo respondían a modas y
a la necesidad de imitar los nombres de las clases dominantes,
de personajes famosos o de santos muy venerados (razón
ésta muy importante en la Edad Media), lo cual terminó
reduciendo el abanico de nombres escogidos para el recién
nacido.
En los
reinos de Navarra, León y Castilla, empezó a ser costumbre
añadir al nombre del hijo el del padre más el sufijo "-ez",
que venía a significar "hijo de"; por ejemplo, Pedro Sánchez
quería decir "Pedro hijo de Sancho". Esta costumbre debió
limitarse en principio a familias de la alta sociedad,
pero sin duda posteriormente se hizo extensible, por imitación,
a estratos más populares, como se deduce del hecho de
que los apellidos en "-ez" sean en la actualidad los más
abundantes en España. Pero no todo el mundo usó este patronímico;
otros usaron simplemente el nombre del padre en su forma
regular, como se ve en apellidos como Nicolás, Bernabé
o Manuel, a veces anteponiendo la preposición "de" para
marcar filiación y también para distinguir el nombre de
pila del nombre patronímico. Pero hubo otras maneras de
formar el segundo nombre o apellido, como la de añadir
el lugar de origen o residencia del individuo, su oficio
o cargo, un apodo, etc., como se verá más adelante.
Parece
que es entre los siglos XIII y XV cuando empieza a extenderse
a todos los estratos sociales la costumbre de hacer hereditario
el segundo nombre, la que hoy llamamos apellido; no cabe
duda de que una familia propietaria o arrendataria de
unas tierras, por pequeñas que fueran, tenía interés,
sobre todo de cara a la documentación legal y notarial,
en hacer constar un nombre hereditario como nombre de
familia ligado a la posesión sucesoria. Por otro lado,
sabemos que en la Edad Media las profesiones solían ser
hereditarias, sobre todo en las poderosas asociaciones
gremiales; de esta forma, era fácil que en los documentos
notariales, comerciales o parroquiales el oficio del individuo
quedara adherido al nombre; así, un Pedro zapatero (es
decir: Pedro, de oficio zapatero) le transmitía a su descendencia
la profesión, terminando por convertirse el nombre de la
misma en un apellido hereditario, y si las personas del
pueblo heredaban las profesiones, los nobles heredaban
sus títulos, y un Andrés hidalgo o un Javier caballero
(es decir, con títulos de hidalgo y de caballero, respectivamente),
tendrían que transmitirles esos mismos títulos a sus hijos,
que terminarían por apellidarse Hidalgo o Caballero. De
todos modos, en la Edad Media la adopción de nombres y
apellidos era un acto completamente voluntario, y sorprende
observar en la documentación medieval que los cristianos
podían llevar segundos nombres musulmanes o judíos, y
viceversa, e incluso los sacerdotes podían ostentar, sin
que esto supusiera ningún problema, apellidos islámicos.
Había, pues, libertad casi absoluta en la adopción del
apellido, pudiéndose elegir, entre los de los ascendientes,
los apellidos que más gustaban por parecer más bonitos
o respetables, por motivos de afecto hacia tal o cual
familiar, etc. Es evidente que, a lo largo de tantos siglos
durante los que el uso del nombre no estuvo sujeto a ninguna
regla precisa, se produjeron multitud de formas y variantes,
procedentes del gusto o la fantasía de las personas, del
criterio ortográfico de cada notario y escribano, del
uso lingüístico y acento de cada localidad, etc.
En el siglo XV ya se hallan más
o menos consolidados los apellidos hereditarios, ello
gracias, en parte, a la obligatoriedad (por iniciativa
de Cisneros) de hacer constar en los libros parroquiales
los nacimientos y las defunciones. De todas formas, conviene
saber que, sobre todo en las zonas rurales y entre la
gente más humilde, la norma actual del apellido paterno
hereditario no se fija definitivamente hasta el siglo
XIX, en el que la burocracia estatal empieza a hacer obligatorias
las leyes onomásticas. En 1870 surge en España el Registro
Civil, que es donde se reglamenta el uso y carácter hereditario
del apellido paterno y donde queda fijada la grafía del
apellido, salvo errores de los funcionarios.
Un procedimiento muy común en todas las comunidades humanas
ha sido el de especificar el nombre del padre para establecer
distinciones entre personas con el mismo nombre de pila,
como por ejemplo "Antonio el hijo de Pedro", y esto se
comprueba aún hoy en día, sobre todo en las zonas rurales.
Así pues, en el ejemplo Antonio, el hijo de Pedro se llegó
por economía de palabras al resultado Antonio el de Pedro
o Antonio de Pedro, y llegó un momento en que, al adherirse
naturalmente al nombre del hijo el del padre (en algunos
casos de la madre), éste terminó convirtiéndose en apellido
hereditario. Así se explican los numerosos apellidos actuales
procedentes de nombres de bautismo como Juan, Nicolás,
Marcos, Antonio, etc. No faltan casos en los que la preposición
"de" se conservó o se añadió posteriormente para evitar
que se confundiera el apellido con el nombre de bautismo,
de manera que no son infrecuentes ejemplos como De Miguel,
De Nicolás o De Tobías, en los que la presencia de la
preposición no indica origen noble, como creen algunos
erróneamente.
El apellido procedente del nombre del padre es, con diferencia,
el caso más frecuente; de hecho, los abundantes y españolísimos
apellidos terminados en "-ez", como Sánchez, Gutiérrez,
etc., no son sino apellidos procedentes del nombre del
padre (respectivamente, de Sancho y Gutier o Gutierre).
La costumbre de apellidarse con
nombres de localidades viene de antiguo. Los lugares de
donde procedían los individuos, donde vivían o de los
que eran propietarios, han sido siempre importantísimos
para los apellidos. Aunque en casos como éstos es frecuente
que se conserve la preposición "de".
Los nombres que designan lugar de origen o de residencia
son muy variados y van desde el nombre de un país o región
hasta el de un riachuelo, una pequeña propiedad o una
construcción. Así las cosas, hablamos de apellidos procedentes
de "topónimos menores", es decir, de nombres de fincas
rurales, partidas, montes, barrancos, etc., y de apellidos
surgidos de "topónimos mayores", esto es, de nombres de
núcleos de población, comarcas, regiones, países, grandes
ríos, etc. No hay duda de que los apellidos formados desde
topónimos menores, es decir, nombres como De la Fuente,
Del Río, etc., fueron usados en un principio entre los
habitantes de una misma localidad o municipio donde sólo
existía una fuente, o un río. También los nombres de las
partidas rurales dependientes de un mismo pueblo o aldea
servían para dar apellidos; de ahí vienen muchos apellidos
alusivos a vegetales, como Del Pino, Castaño, etc., porque
el individuo en cuestión residía en la partida de nombre
El Pino, El Castaño, etc.
También de nombres de partidas, y no necesariamente de
apodos, proceden muchos zoónimos, como Buey o Caballo,
porque los individuos en cuestión residían en la partida
o lugar de nombre El Buey, El Caballo, etc. Asimismo,
de nombres de partidas proceden los apellidos alusivos
a edificios y construcciones . En un mismo pueblo, el
lugar donde estaba ubicada la casa de un individuo servía
para dar apellido, como se desprende de documentos medievales
donde aparecen "apellidos" como Antonio de Suba, Juan
de la plaza, etc. También servía para formar apellidos
el lugar de residencia aludido en función de su situación
relativa, como de allende, de arriba, de abajo, etc.;
y así, un Pedro de allende el río terminaba siendo Pedro Allende,
o un Juan de arriba la puente se quedaba como Juan Arriba.
En lo que concierne a los apellidos formados desde topónimos
mayores, es decir, a partir de nombres de ciudades o pueblos,
éstos ya implicaban un hecho migratorio.
Establecer una clasificación más o menos completa de topónimos
formantes de apellidos sería muy complejo, no obstante,
podemos hacer la siguiente clasificación:
a) Apellidos
procedentes de gentilicios, nombres de países, regiones,
ciudades o pueblos: España, Francés, Catalán, Aragón,
Aragonés, Almagro, etc.
b) Apellidos procedentes de nombres comunes de núcleos
de población: Aldea, Barrio, Villa, etc.
c) Apellidos procedentes de nombres comunes de edificios
y construcciones varias: Torres, Castillo, Corral, Puente,
Iglesia, Cabaña, etc.
d) Apellidos procedentes de nombres de accidentes hidrográficos:
Ebro, Segura, Río, Torrente, Ribera, Fuentes, etc.
e) Apellidos procedentes de nombres comunes referentes
al relieve y composición del terreno: Sierra, Monte, Valle,
Cueva, Peña, Roca, etc.
f) Apellidos procedentes de nombres referentes a la vegetación:
Encina, Perales, Manzano, Fresneda, etc.
3º)
Apellidos procedentes de oficios, cargos o títulos
Esta categoría obtiene el tercer puesto en importancia,
y son muchos los apellidos relacionados con la iglesia,
la nobleza, el ejército, la artesanía, el comercio, la
agricultura, la ganadería, etc. Los cargos eclesiásticos,
como abad, obispo, capellán o sacristán, han dado origen
a abundantes apellidos, lo cual puede resultar sorprendente
si suponemos a los hombres de iglesia célibes, como hoy en día, pues no se entiende
la razón de apellidos hereditarios en un estamento que,
supuestamente, no puede tener descendencia. Los motivos
para su formación pudieron ser varios; en su mayor parte,
estos linajes se formaron a partir de apodos relativos
a muy diversas circunstancias: personas muy beatas, solitarias
o castas, o que habían abandonado el hábito religioso,
o lo habían vestido en cumplimiento de algún voto, o habían
sido monaguillos, o servían en un monasterio, sin por
ello haber profesado, o vivían en las cercanías de un
convento o iglesia, etc. También debió de ser costumbre
aplicar estos apodos a los familiares de eclesiásticos.
No obstante, tampoco podemos descartar que tales linajes
descendieran por línea consanguínea de quien ostentaba
tal cargo. Si bien la Iglesia católica defiende el celibato
de sus ministros muchos de ellos ya estaban casados cuando
tomaban el hábito y así seguían, y otros en su soltería,
llevaban una vida sexual activa con lo que muchos de ellos
tenían hijos naturales, y no por ello eran expulsados
de la iglesia. Esta situación cambió en 1123, fecha del
Primer Concilio de Letrán, en el cual el papa Calixto
II condenaba la vida en pareja de los sacerdotes y obligaba
a los mismos al celibato. La norma tuvo poca eficacia,
puesto que en 1139 se vio obligado a insistir en ella
el papa Inocencio II en el Segundo Concilio lateranense,
haciendo lo propio Alejandro III en el Tercer Concilio
de Letrán, donde finalmente la norma conciliar pasó a
formar parte del código de derecho canónico.
Incluso entonces, existió la llamada renta de putas, consistente
en una cantidad que los clérigos debían abonar al obispo
cada vez que incumplían el voto de celibato, costumbre
que se mantuvo hasta el año 1435, fecha en que finalizó
el Concilio de Basilea, en el que se decretó la pérdida
de los ingresos eclesiásticos a todo clérigo que no abandonase
a su concubina.
El Concilio de Trento (1545-1563) implantó definitivamente
los decretos de los tres concilios lateranenses y determinó
la prohibición de admitir en el seno de la Iglesia a hombres
casados. Todo ello indica que, los linajes alusivos a
cargos eclesiásticos debieron de originarse a partir de
apodos referentes a hijos ilegítimos de sacerdotes.
En cuanto a los apellidos procedentes de títulos nobiliarios
como duque, conde, o rey, no deben hacemos pensar necesariamente
en una relación con individuos que ostentasen tales títulos
o cargos; lo más probable es que, en la mayoría de los
casos, se tratara de motes o apodos. En efecto, si una
persona era arrogante, altiva, etc., se le apodaba rey,
conde, etc., motes que todavía hoy se aplican. También
se podía apodar así a una persona que servía en la corte
del rey o en casa de un conde, así como a alguien que
tuviera algún parecido físico con el rey o el señor local.
Lo cierto es que pudieron existir muchas otras causas
surgidas de la imaginación popular, pero en pocos casos
debemos pensar que esos nombres se debieran a hijos ilegítimos
de reyes o duques.
Podemos
distinguir seis categorías de apellidos procedentes de
profesiones o cargos:
a) Cargos eclesiásticos: Abad, Cardenal, Monje, Sacristán,
etc.
b) Títulos nobiliarios: Rey, Conde, Duque, Hidalgo, etc.
c) Cargos u ocupaciones relacionados con el ejército o
el funcionariado: Alférez, Bayle, Alcalde, Alguacil, Escribano,
Jurado, etc.
d) Oficios diversos relacionados con la artesanía y el
comercio: Herrero, Molinero, Zapatero, Sastre, etc.
e) Oficios derivados de la agricultura, la ganadería,
la pesca, etc.; Labrador, Pastor, Vaquero, Pescador, etc.
f) Oficios y ocupaciones diversas: Caminero, Criado, etc.
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