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Genealogía de Simón Bolívar

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Onomástica/Apellidos
Introducción
Historia de Los Apellidos
Formación de los apellidos hereditarios
Clasificación de los apellidos
Apellidos patronímicos
Apellidos toponímicos
Apellidos procedentes de oficios, cargos o títulos
Juan Flórez de Ocáriz
( 1612 - 1692)
Autor de "Las Genealogias del Nuevo Reino de Granada"

Introducción


La Real Academia Española define la onomástica, en una primera acepción, como perteneciente o relativo a los nombres y especialmente a los propios. En una segunda acepción como ciencia que trata de la catalogación y estudio de los nombres propios. En una tercera acepción como día en que una persona celebra su santo.

La Real Academia Española define apellido en una primera acepción, como nombre de familia con que se distinguen las personas; como Córdoba, Fernández, Guzmán. En una segunda acepción como sobrenombre, o mote.

Formación de los apellidos


La función del apellido no es sino la de servir de complemento al nombre de pila para evitar confusiones. En origen, los apodos u otro tipo de denominaciones hacían el papel de apellido, con distintivos tales como "Pedro el hijo de Antonio", "Juan el del Puente", "Luis el Zapatero", etc. Es evidente que la repetición de los nombres de pila hizo necesario el uso de un segundo nombre para distinguir a individuos con el mismo nombre de bautismo.

Probablemente, uno de los recursos más antiguos haya sido el uso de algún apodo o mote además del nombre de nacimiento. Es interesante observar cómo, sobre todo en las zonas rurales, todavía está muy arraigada la costumbre de llamar a una persona mediante un apodo, y es significativo comprobar cómo éstos se heredan. Esta costumbre nos ayuda a entender mejor cómo se hicieron hereditarios los segundos nombres o apellidos.

La fijación de los apellidos empieza con la difusión del uso de documentación legal y notarial a partir de la Edad Media. Los notarios y escribanos medievales empezaron a tomar la costumbre de hacer constar, junto al nombre de pila de los interesados, el nombre de su padre, su apodo o sobrenombre, profesión, título o procedencia. En un principio sólo hallamos documentados los casos de cargos eclesiásticos o de personajes de la alta sociedad; posteriormente, el uso de documentos notariales o parroquiales se extiende al resto de la población, lo que terminará reforzando el uso de un distintivo que, añadido al nombre de pila, acabará por convertirse en lo que hoy es el apellido hereditario.


Es probable que el uso del apellido empezara a extenderse a partir de los siglos XI o XII, cuando el constante empobrecimiento de la onomástica hizo preciso el uso de un segundo nombre. En la Edad Media, al igual que ocurre todavía hoy en día, los nombres de pila o de bautismo respondían a modas y a la necesidad de imitar los nombres de las clases dominantes, de personajes famosos o de santos muy venerados (razón ésta muy importante en la Edad Media), lo cual terminó reduciendo el abanico de nombres escogidos para el recién nacido.

En los reinos de Navarra, León y Castilla, empezó a ser costumbre añadir al nombre del hijo el del padre más el sufijo "-ez", que venía a significar "hijo de"; por ejemplo, Pedro Sánchez quería decir "Pedro hijo de Sancho". Esta costumbre debió limitarse en principio a familias de la alta sociedad, pero sin duda posteriormente se hizo extensible, por imitación, a estratos más populares, como se deduce del hecho de que los apellidos en "-ez" sean en la actualidad los más abundantes en España. Pero no todo el mundo usó este patronímico; otros usaron simplemente el nombre del padre en su forma regular, como se ve en apellidos como Nicolás, Bernabé o Manuel, a veces anteponiendo la preposición "de" para marcar filiación y también para distinguir el nombre de pila del nombre patronímico. Pero hubo otras maneras de formar el segundo nombre o apellido, como la de añadir el lugar de origen o residencia del individuo, su oficio o cargo, un apodo, etc., como se verá más adelante.

Parece que es entre los siglos XIII y XV cuando empieza a extenderse a todos los estratos sociales la costumbre de hacer hereditario el segundo nombre, la que hoy llamamos apellido; no cabe duda de que una familia propietaria o arrendataria de unas tierras, por pequeñas que fueran, tenía interés, sobre todo de cara a la documentación legal y notarial, en hacer constar un nombre hereditario como nombre de familia ligado a la posesión sucesoria. Por otro lado, sabemos que en la Edad Media las profesiones solían ser hereditarias, sobre todo en las poderosas asociaciones gremiales; de esta forma, era fácil que en los documentos notariales, comerciales o parroquiales el oficio del individuo quedara adherido al nombre; así, un Pedro zapatero (es decir: Pedro, de oficio zapatero) le transmitía a su descendencia la profesión, terminando por convertirse el nombre de la misma en un apellido hereditario, y si las personas del pueblo heredaban las profesiones, los nobles heredaban sus títulos, y un Andrés hidalgo o un Javier caballero (es decir, con títulos de hidalgo y de caballero, respectivamente), tendrían que transmitirles esos mismos títulos a sus hijos, que terminarían por apellidarse Hidalgo o Caballero. De todos modos, en la Edad Media la adopción de nombres y apellidos era un acto completamente voluntario, y sorprende observar en la documentación medieval que los cristianos podían llevar segundos nombres musulmanes o judíos, y viceversa, e incluso los sacerdotes podían ostentar, sin que esto supusiera ningún problema, apellidos islámicos. Había, pues, libertad casi absoluta en la adopción del apellido, pudiéndose elegir, entre los de los ascendientes, los apellidos que más gustaban por parecer más bonitos o respetables, por motivos de afecto hacia tal o cual familiar, etc. Es evidente que, a lo largo de tantos siglos durante los que el uso del nombre no estuvo sujeto a ninguna regla precisa, se produjeron multitud de formas y variantes, procedentes del gusto o la fantasía de las personas, del criterio ortográfico de cada notario y escribano, del uso lingüístico y acento de cada localidad, etc.

En el siglo XV ya se hallan más o menos consolidados los apellidos hereditarios, ello gracias, en parte, a la obligatoriedad (por iniciativa de Cisneros) de hacer constar en los libros parroquiales los nacimientos y las defunciones. De todas formas, conviene saber que, sobre todo en las zonas rurales y entre la gente más humilde, la norma actual del apellido paterno hereditario no se fija definitivamente hasta el siglo XIX, en el que la burocracia estatal empieza a hacer obligatorias las leyes onomásticas. En 1870 surge en España el Registro Civil, que es donde se reglamenta el uso y carácter hereditario del apellido paterno y donde queda fijada la grafía del apellido, salvo errores de los funcionarios.

Clasificación de los apellidos

Los sobrenombres que sirvieron para formar los actuales apellidos se pueden clasificar fundamentalmente en 6 categorías:

1º) Apellidos patronímicos

Un procedimiento muy común en todas las comunidades humanas ha sido el de especificar el nombre del padre para establecer distinciones entre personas con el mismo nombre de pila, como por ejemplo "Antonio el hijo de Pedro", y esto se comprueba aún hoy en día, sobre todo en las zonas rurales. Así pues, en el ejemplo Antonio, el hijo de Pedro se llegó por economía de palabras al resultado Antonio el de Pedro o Antonio de Pedro, y llegó un momento en que, al adherirse naturalmente al nombre del hijo el del padre (en algunos casos de la madre), éste terminó convirtiéndose en apellido hereditario. Así se explican los numerosos apellidos actuales procedentes de nombres de bautismo como Juan, Nicolás, Marcos, Antonio, etc. No faltan casos en los que la preposición "de" se conservó o se añadió posteriormente para evitar que se confundiera el apellido con el nombre de bautismo, de manera que no son infrecuentes ejemplos como De Miguel, De Nicolás o De Tobías, en los que la presencia de la preposición no indica origen noble, como creen algunos erróneamente.

El apellido procedente del nombre del padre es, con diferencia, el caso más frecuente; de hecho, los abundantes y españolísimos apellidos terminados en "-ez", como Sánchez, Gutiérrez, etc., no son sino apellidos procedentes del nombre del padre (respectivamente, de Sancho y Gutier o Gutierre).

2º) Apellidos toponímicos


La costumbre de apellidarse con nombres de localidades viene de antiguo. Los lugares de donde procedían los individuos, donde vivían o de los que eran propietarios, han sido siempre importantísimos para los apellidos. Aunque en casos como éstos es frecuente que se conserve la preposición "de".


Los nombres que designan lugar de origen o de residencia son muy variados y van desde el nombre de un país o región hasta el de un riachuelo, una pequeña propiedad o una construcción. Así las cosas, hablamos de apellidos procedentes de "topónimos menores", es decir, de nombres de fincas rurales, partidas, montes, barrancos, etc., y de apellidos surgidos de "topónimos mayores", esto es, de nombres de núcleos de población, comarcas, regiones, países, grandes ríos, etc. No hay duda de que los apellidos formados desde topónimos menores, es decir, nombres como De la Fuente, Del Río, etc., fueron usados en un principio entre los habitantes de una misma localidad o municipio donde sólo existía una fuente, o un río. También los nombres de las partidas rurales dependientes de un mismo pueblo o aldea servían para dar apellidos; de ahí vienen muchos apellidos alusivos a vegetales, como Del Pino, Castaño, etc., porque el individuo en cuestión residía en la partida de nombre El Pino, El Castaño, etc.

También de nombres de partidas, y no necesariamente de apodos, proceden muchos zoónimos, como Buey o Caballo, porque los individuos en cuestión residían en la partida o lugar de nombre El Buey, El Caballo, etc. Asimismo, de nombres de partidas proceden los apellidos alusivos a edificios y construcciones . En un mismo pueblo, el lugar donde estaba ubicada la casa de un individuo servía para dar apellido, como se desprende de documentos medievales donde aparecen "apellidos" como Antonio de Suba, Juan de la plaza, etc. También servía para formar apellidos el lugar de residencia aludido en función de su situación relativa, como de allende, de arriba, de abajo, etc.; y así, un Pedro de allende el río terminaba siendo Pedro Allende, o un Juan de arriba la puente se quedaba como Juan Arriba. En lo que concierne a los apellidos formados desde topónimos mayores, es decir, a partir de nombres de ciudades o pueblos, éstos ya implicaban un hecho migratorio.

Establecer una clasificación más o menos completa de topónimos formantes de apellidos sería muy complejo, no obstante, podemos hacer la siguiente clasificación:

a) Apellidos procedentes de gentilicios, nombres de países, regiones, ciudades o pueblos: España, Francés, Catalán, Aragón, Aragonés, Almagro, etc.
b) Apellidos procedentes de nombres comunes de núcleos de población: Aldea, Barrio, Villa, etc.
c) Apellidos procedentes de nombres comunes de edificios y construcciones varias: Torres, Castillo, Corral, Puente, Iglesia, Cabaña, etc.
d) Apellidos procedentes de nombres de accidentes hidrográficos: Ebro, Segura, Río, Torrente, Ribera, Fuentes, etc.
e) Apellidos procedentes de nombres comunes referentes al relieve y composición del terreno: Sierra, Monte, Valle, Cueva, Peña, Roca, etc.
f) Apellidos procedentes de nombres referentes a la vegetación: Encina, Perales, Manzano, Fresneda, etc.

3º) Apellidos procedentes de oficios, cargos o títulos


Esta categoría obtiene el tercer puesto en importancia, y son muchos los apellidos relacionados con la iglesia, la nobleza, el ejército, la artesanía, el comercio, la agricultura, la ganadería, etc. Los cargos eclesiásticos, como abad, obispo, capellán o sacristán, han dado origen a abundantes apellidos, lo cual puede resultar sorprendente si suponemos a los hombres de iglesia célibes, como hoy en día, pues no se entiende la razón de apellidos hereditarios en un estamento que, supuestamente, no puede tener descendencia. Los motivos para su formación pudieron ser varios; en su mayor parte, estos linajes se formaron a partir de apodos relativos a muy diversas circunstancias: personas muy beatas, solitarias o castas, o que habían abandonado el hábito religioso, o lo habían vestido en cumplimiento de algún voto, o habían sido monaguillos, o servían en un monasterio, sin por ello haber profesado, o vivían en las cercanías de un convento o iglesia, etc. También debió de ser costumbre aplicar estos apodos a los familiares de eclesiásticos. No obstante, tampoco podemos descartar que tales linajes descendieran por línea consanguínea de quien ostentaba tal cargo. Si bien la Iglesia católica defiende el celibato de sus ministros muchos de ellos ya estaban casados cuando tomaban el hábito y así seguían, y otros en su soltería, llevaban una vida sexual activa con lo que muchos de ellos tenían hijos naturales, y no por ello eran expulsados de la iglesia. Esta situación cambió en 1123, fecha del Primer Concilio de Letrán, en el cual el papa Calixto II condenaba la vida en pareja de los sacerdotes y obligaba a los mismos al celibato. La norma tuvo poca eficacia, puesto que en 1139 se vio obligado a insistir en ella el papa Inocencio II en el Segundo Concilio lateranense, haciendo lo propio Alejandro III en el Tercer Concilio de Letrán, donde finalmente la norma conciliar pasó a formar parte del código de derecho canónico.

Incluso entonces, existió la llamada renta de putas, consistente en una cantidad que los clérigos debían abonar al obispo cada vez que incumplían el voto de celibato, costumbre que se mantuvo hasta el año 1435, fecha en que finalizó el Concilio de Basilea, en el que se decretó la pérdida de los ingresos eclesiásticos a todo clérigo que no abandonase a su concubina.

El Concilio de Trento (1545-1563) implantó definitivamente los decretos de los tres concilios lateranenses y determinó la prohibición de admitir en el seno de la Iglesia a hombres casados. Todo ello indica que, los linajes alusivos a cargos eclesiásticos debieron de originarse a partir de apodos referentes a hijos ilegítimos de sacerdotes.

En cuanto a los apellidos procedentes de títulos nobiliarios como duque, conde, o rey, no deben hacemos pensar necesariamente en una relación con individuos que ostentasen tales títulos o cargos; lo más probable es que, en la mayoría de los casos, se tratara de motes o apodos. En efecto, si una persona era arrogante, altiva, etc., se le apodaba rey, conde, etc., motes que todavía hoy se aplican. También se podía apodar así a una persona que servía en la corte del rey o en casa de un conde, así como a alguien que tuviera algún parecido físico con el rey o el señor local. Lo cierto es que pudieron existir muchas otras causas surgidas de la imaginación popular, pero en pocos casos debemos pensar que esos nombres se debieran a hijos ilegítimos de reyes o duques.

Podemos distinguir seis categorías de apellidos procedentes de profesiones o cargos:

a) Cargos eclesiásticos: Abad, Cardenal, Monje, Sacristán, etc.
b) Títulos nobiliarios: Rey, Conde, Duque, Hidalgo, etc.
c) Cargos u ocupaciones relacionados con el ejército o el funcionariado: Alférez, Bayle, Alcalde, Alguacil, Escribano, Jurado, etc.
d) Oficios diversos relacionados con la artesanía y el comercio: Herrero, Molinero, Zapatero, Sastre, etc.
e) Oficios derivados de la agricultura, la ganadería, la pesca, etc.; Labrador, Pastor, Vaquero, Pescador, etc.
f) Oficios y ocupaciones diversas: Caminero, Criado, etc.

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